Lo que tenía en mente era demasiado pesado.
Según el patrón de conducta insertado en mí, por mi terapeuta, lo mejor era describirlo.
Cogí mi Magik writer de Telepathya Tech. Lo encendí y la pantalla delgada recubierta de vidrio me leyó la cara.
— Activar homologación de pensamiento retórico. — Ordené.
El sonido agudo de una campana junto con un resplandor verde me aseguraron que el transmisor de pensamientos estaba listo. Lo dejé sobre la mesa de noche y me recosté en la cama, respirando lentamente para ordenar mis ideas hasta empezar a narrar mentalmente:
Estoy seguro de que lo que me acaba de suceder en este viaje de trabajo al Salar de Uyuni en Bolivia, puede ser importante para iluminar un espacio, bastante oscuro, en el sector de las modificaciones genéticas.
Mis padres modificaron mi ADN desde el embrión, en la clínica americana “G-nōm” con la técnica de inserción de ARN específico: CRISPR Evolution, aprobada por la FDA, que prácticamente mejora a futuros seres humanos en distintos aspectos.
Me dieron el alta en “enfermedades genéticas”, “refuerzo de sistemas” y “estética” según los deseos de mis progenitores y gracias a que la ONU le permitió a esta tecnología, el mercado libre hace ya medio siglo.
Nunca me he sentido enfermo, solo algún ligero malestar por un nuevo virus estomacal o gripe. Mido 1,85Mt, soy esbelto y formo músculos fácilmente, mi cabello es rubio cenizo y mis ojos azules como el mar mediterráneo (exactamente de ese tono lo pidieron), mi piel es blanca pero se tuesta bajo el sol. Brindo esta información porque considero sea importante.
Trabajo para Tesla en el mercado aéreo-automovilístico, específicamente en la compra de materias primas para las baterías de nuestras piezas. Tarea que se me da extremadamente bien.
Bolivia es el último país en el mundo que tiene reservas de litio puro en su tierra, metal que nos permite crear baterías de alta densidad energética.
Debido a su política conflictiva, se estancó en la explotación de este material y hoy en día, todavía lo preserva. Si bien EEUU, China, Alemania y otras entidades clandestinas realizaron distintas sustracciones (después de haber agotado el litio en el mundo) ningún estado, ni empresa pública ha logrado establecerse por un largo periodo.
Es como estar parado en un hormiguero, nunca se sabe cuando alguien diminuto te morderá o hará caer.
Sin dar más detalle, vine al Salar de Uyuni para “negociar” algunas toneladas de este metal.
Tras doce horas de vuelo, llegué directo a un hotel de lujo construido con sal; un enorme edificio blanco, de paredes frías pero ambiente tibio, era como estar dentro de una burbuja, con oxígeno purificado, nunca había estado en un lugar parecido. Me ofrecieron un té de coca en el lobby, era azucarado, y aunque en ese momento no lo sabía, estaba hecho para “gringos”; así llaman los bolivianos a cualquier persona de tez más blanca que habla otro idioma.
Esa misma noche, me dirigí a un bar en la calle del hotel, me encontraba en un rincón tan remoto del mundo que podía más mi curiosidad que el cansancio. Parecía ser un spot de moda entre los backpacker, con mesas llenas de jóvenes turistas, paredes recubiertas de lifephotos de personas en el lugar, algunos parecían famosos (no reconocí a nadie, pero lo intuí. Quizás, el legendario Brad Pitt había pasado por ahí, este bar, aún con tecnología de touchscreen en las paredes, era un museo). Me senté en una mesa al fondo, a mi lado había otro solitario con la mirada clavada en su cerveza.
Pedí una Huari, cerveza típica del lugar y me senté a esperar y observar.
El solitario llamó al camarero (era de carne y hueso y no un bot) y le habló en perfecto español, a pesar de que tenía cara de extranjero y por sus espaldas, también noté que era más o menos de mi porte. Me quedé mirándolo más a detalle y él sintió esa energía que provoca el dirigir por mucho tiempo la mirada, y me clavó los ojos.
Una punzada en el pecho me dejó helado, estaba viéndome a mí mismo pero con ojos negro azabache. Sin duda la piel del solitario era más tostada que la mía, su cabello estaba sucio y enmarañado y llevaba barba. Pero éramos terriblemente idénticos. Ambos lo reconocimos y nos observamos tensos. Una mala sensación me envolvió, de alguna forma le temía y sabía que él sentía lo mismo.
Tomó la iniciativa y sin decir palabra, me invitó a sentarme en su mesa.
¡Mierda si éramos parecidos! exactamente la misma forma de la cara, de las manos, hasta hubiera dicho que el olor, (aunque el olía suavemente a mí cuando transpiro). Estuvimos así unos minutos observándonos en silencio. El camarero trajo la cerveza y se detuvo asombrado al vernos juntos, riendo dijo algo como “¡qué confusión caballero!” y dejó mi cerveza en la mesa del solitario, ahora al parecer, mi gemelo perdido.
Abrí una aplicación de World Language y pregunté: — ¿De dónde eres? — La app tradujo mi frase y él respondió en español: — De aquí, de Bolivia. — Me señaló con el dedo, como preguntando ¿y tú? — Boston, America. — Respondí en inglés.
— ¿Tu familia es de Bolivia? — la App me tradujo. — No tengo familia.
— ¿Cómo te llamas? — continué de la misma forma. — Gringo.— Me reí y solté algo de tensión.
— ¿Cómo gringo? Yo también soy un gringo aquí. — En lugar de causar ligereza a mi interlocutor, el solitario se tornó taciturno. — Lo veo que tú también eres gringo.— Dijo muy seriamente, como acusándome de ser portador de magia negra o algo por el estilo.
Nos quedamos callados unos instantes, observándonos: misma nariz, misma boca, mismas cejas, qué puto miedo. Hasta teníamos él mismo lunar marrón en el borde del rostro cerca del ojo izquierdo. Noté, quizás, alguna arruga un poco más marcada en él, tal vez no éramos de la misma edad o él no iba a los centros de aging conservation como yo. (Esto está clarísimo)
Cogió su cerveza y bebió un sorbo, vi cómo bebía y llenaba sus mejillas del líquido antes de tragar, cosa que me pareció muy familiar.
No tenía más preguntas, este hombre era mi gemelo de ojos negros, lo más inquietante que me había sucedido jamás en la vida… De repente, me vino una pregunta:
— ¿Alguna vez has estado enfermo?
— No, nunca enfermo, fuerte como un león.— Solo tras esa frase noté que él se aligeraba, estaba orgulloso de su fortaleza. Le sonreí. Él me señaló de nuevo.
— Yo también, fuerte como león. — Le respondí, tocándome el pecho y olvidándome de la app esta vez.
Bebimos cerveza juntos y nos observamos con nuestros ojos distintos.
Él termino su Huari, se levantó de golpe y me dedicó una sonrisa amplia, mi verdadera sonrisa, esa que no practico y que incluso creí haber perdido. Ahí estaba, amplia y sincera.
Me tendió la mano, un buen apretón, como el mío.
— Adiós Gringo, soy Robert, un gusto… increíble haberte conocido.—
Lo vi marcharse vestido en harapos, mientras yo me quedaba solo en su mesa, vestido con mi conjunto de ropa deportiva hecha con tecnología térmica de la NASA.
Esa noche a pesar del jetlag y el cansancio del viaje no pude conciliar sueño, ni siquiera las fuertes pastillas para dormir me dejaron inconsciente. Solo podía pensar en la forma en que me concibieron, en las modificaciones de mi embrión y en el gringo. Daba vueltas a ideas con frenesí. ¿Él era yo, era idénticamente yo, genéticamente yo? Un huérfano, mi… ¿hermano?, ¿clon? Mi… ¿qué coño había sucedido en ese bar?
Finalmente después de horas y otra pastilla, las drogas pudieron más que mi inquietud y caí dormido. Soñé que tenía los ojos negros azabache y desperté sudando.
Hoy contacté a la clínica G-nōm para pedir información sobre mi concepción. Han pasado años y, con estudios, mejorado la técnica, no querían decir abiertamente que en realidad se cambió, para no suscitar temor, pero sin duda utilizan otros “caminos genéticos”, ahora, 35 años más tarde.
Me enviaron un file con dentro la petición firmada por mis padres con todos los detalles del pedido, mis análisis y revisión médica una vez nacido y una copia de la elevada factura.
Seguí investigando sobre el tema y encontré online información escandalosa desde China, hace más o menos 30 años se reportó que una empresa de modificación de ADN mataba bebés recién nacidos porque sus proyectos salían inconformes a los pedidos, es decir tenían pequeñas fallas, más que nada de carácter estético porque eran las menos notorias hasta la fase final de nacimiento, como por ejemplo, el color de los ojos, el cabello o la piel.
Esta información me dio una sacudida. ¿Y sí? Gringo hubiera sido una primera versión mía, pero de ojos negros… ¿mi madre habría hecho algo así? ¿G-nōm abandonaba bebés en lugares remotos del mundo?
Si los progenitores aceptaban que la empresa se deshaga de los bebes fallidos, ¿eran cómplices? ¿El destino de Gringo era un crimen? Al ser un ser humano modificado ¿no gozaba de los derechos de la ONU? Pero entonces… ¿yo tampoco soy humano?
Me detuve en seco, dejé de narrar en mi mente y el Magik writer dejó de escribir.
Retomaré la historia desde este punto, ya que todo lo que hacía Robert, como narrar sus experiencias y pensamientos en este aparato, me conviene también a mí. Al final, poco se percibirá el cambio de narración, como poco percibieron el cambio de Robert sus compañeros de trabajo e incluso su novia. Bueno, al menos a primeras.
¿Que por qué tengo ojos negros ahora?
Quizás haya sido una falla de la clínica “G-nōm”, estoy en trámite de reclamo con ellos, ya que en Bolivia enfermé terriblemente, un virus, probablemente una extraña mutación del antiguo COVID, me dejó afónico a solo dos días de mi llegada. No pude asistir a ninguna reunión y regresé en un avión de emergencia a Boston, entré en cuarentena durante catorce días. El virus, a parte de haber sido la única enfermedad fuerte que contraje en mi vida, me oscureció el iris de los ojos. A tal punto que se volvieron negros. Vino acompañado de molestias, se me nublaba y empañaba la visión pero se fue restableciendo a medida que mis ojos oscurecían.
Con esta historia pude llegar a Boston, encerrarme durante catorce días para aprender inglés y estudiar a la empresa, así como los documentos de trabajo de Robert. Al tener las mismas capacidades suyas en el ADN me fue muy fácil adquirir sus habilidades y conocimientos, en cuanto al idioma lo tenía como idioma madre predeterminado, bastó activarlo con un proceso de aprendizaje, hizo parte de mí de forma tan natural que ahora solo pienso en inglés. Debo agregar que la falta de sol también ayudó a blanquearme.
Al dejar el bar donde conocí a Robert, me quedé oculto esperando a que saliera, sabía que no tardaría demasiado en terminar su cerveza, pagar y retirarse.
Lo seguí de lejos, mimetizándome con la noche, lo vi entrar a su hotel, el más nuevo y lujoso del Salar, recubierto de sal, una delgada estructura de nanopartículas lo elevaba por los cielos
Las enormes habitaciones tenían vitrinas con espectaculares vistas al desierto, un espejo del cielo, pero en ese momento no lo sabía aún. Me quedé esperando a ver cuál de las habitaciones prendería la luz.
Sucedió. Conté los pisos, era el 54 de los 60.
Volví dónde mis caseros, una pareja de ancianos que me recibió hace años a cambio de que les trabajara la tierra, decían que yo era el mejor inquilino que habían tenido: una máquina incansable, muy reservado y respetuoso, mi único defecto era comer demasiado. Aún así, haciendo cálculos les convenía y me tenían cariño, cada uno a su manera.
Al día siguiente después de trabajar, me duché con esmero y más largo de lo debido, vestí mi mejor ropa, saqué todo el dinero que tenía bajo el colchón y lo guardé en un pedazo de termoplástico, en mi calzoncillo. Caminé hasta el barbero, me corté el cabello (que me volvieron a lavar) y la barba, no hacía eso hace años. En el espejo sin duda me parecía mucho más a Robert, seguía siendo más oscuro en general, entre piel y ojos, pero la esencia era la suya al 100%.
Esperé hasta el anochecer en el bar e hice el mismo recorrido de cuándo lo seguí.
Con su caminar (el nuestro) entré a su hotel, me dirigí a la recepción con soltura.
— Hello.— Sonreí a la chica que me recibió. — Perder llave, lo siento.—
La recepcionista, me miró rápidamente, se ve que encontraba a Robert atractivo porque se puso más nerviosa que yo.
— Mr. Robert right? —
Asentí con la cabeza.
— Room 540 right? — “Le entrego una copia de la tarjeta ahora”. — Continuó en inglés sin siquiera darme tiempo de asentir.
Me entregó una llave-tarjeta y volví a sonreírle. El ADN modificado me había dado dientes muy blancos y alineados, resistentes a todo mal hábito. Mi casera decía que parecían perlas y se enojaba cuando pijchaba coca.
Subí al piso 54 en un ascensor de vidrio, viendo cómo ascendía mi vida desde lo bajo hasta el cielo estrellado. Un hormigueo me acarició los hombros de derecha a izquierda, haciéndome temblar. La cosa apenas estaba empezando.
Abrí la puerta de la habitación y encontré a Robert en el escritorio de cara a las vistas, cierta tensión en el ambiente revelaba un fuerte conflicto emocional. Una botella de whiskey etiqueta azul y un recipiente metálico, abierto, con distintas pastillas, llamó mi atención. Cerré la puerta tras de mí y solo en ese momento Robert se giró. Lo apunté con una pistola que había tomado “prestada» de mi casero. (Más parecía una qarqacha pero hacía su efecto)
— Shh.— le dije acercándome.
Ahogó un grito con el rostro desfigurado, nunca pensé que vería esa expresión en su (mi) rostro. Terrible, parecía que una sombra negra lo sostuviera, bloqueándolo, asfixiándolo, desfigurando su cara en una mueca muda. Lanzó un grito inexistente y lágrimas le llenaron los ojos.
— No, please, no.
— No te voy a matar. Calla.
Busco con la mirada su teléfono, que está tirado en el escritorio, mientras sigo apuntando.
— App. — le gruño.
Robert lo desbloquea con la cara y abre la App de idiomas.
— No voy a matarte, necesito que hagas lo siguiente: compra un pasaje de retorno a Boston para mañana, envía un mensaje a tus contactos importantes diciendo que estás enfermo, con una mutación de un virus extraño, que has perdido la voz y debes entrar en cuarentena. —
World Language me traduce y la cara de Robert sigue con la misma expresión de terror. Le doy un “lapo” en la nuca. Así llaman los bolivianos a un golpe suave que va de un lado a otro de la cabeza en son de despertar a alguien, llamar su atención o decirle cretino.
— Yes, yes, yes, right… ok.
— Toma tu tiempo, yo me voy a quedar aquí apuntándote. No intentes hacer nada idiota, si envías ese correo sin avisarme te volaré los sesos.
— Ok, ok. — El segundo “ok” vino de nuevo en un hilo de voz, con el miedo apretándole los pulmones.
Robert acató las ordenes al pie de la letra, enseñándome la compra del pasaje y el mensaje antes de enviarlo. Hice que lo traduzca online y escuché la redacción en español. Todo perfecto. Teníamos una manera muy similar de deducir las cosas y de actuar. Prácticos y ágiles.
Tengo la impresión de que si Robert no hubiera estado sedado con todos esos “medicamentos» y alcohol, su respuesta hubiera sido distinta, pero de alguna forma la realidad en la que se había desarrollado lo llevaba a refugiarse en la inconsciencia.
Esperamos hasta las 2:00am, él entró en un estado vegetal mayor, parecía más pequeño y débil que yo.
Siempre apuntándolo me puse la ropa que encontré regada en la habitación, pantalones, zapatos, una camisa y su chaqueta, la calidad de sus prendas, daba una sensación de comfort ajena a mi piel. Hice una mochila con sus cosas de valor: su pasaporte, laptop, un reloj, el teléfono, y una serie de aparatos tecnológicos como el que uso ahora para narrar. Guardé sus pastillas también.
A él le puse una gorra y mi chaqueta, unas gafas de sol, lo abracé de lado para levantarlo apuntándole la pistola en las costillas, tan pegado a el que parecíamos siameses.
Bajamos por el ascensor, la magnifica vista ahora era apremiante, llegamos a la planta baja y apenas se abrió la puerta, salí a toda velocidad sin mirar atrás. En la sala solo estaban dos recepcionistas y el security en la puerta principal.
Las tres personas observaron la escena asombradas pero ninguna hizo nada, mas que cumplir con su trabajo. No entendían porqué Mrs Robert tenía un amigo borracho en brazos, ni cuándo este había ingresado al hotel, pero no les correspondía entrometerse.
Subimos a un taxi y nos dirigimos dónde mis caseros, lo metí hasta mi habitación, un pequeño establo fuera de la vivienda.
Lo empujé al colchón y cayó como un saco de papas, se hizo un ovillo en posición fetal. Cogí la almohada con intención de ahogarlo y que su/mi muerte parezca natural, pero sus ojos cristalinos con las pupilas como agujas me atravesaban, su cara, idéntica a la mía me jodía la cabeza, era cómo, como si me estuviera suicidando.
¿Quién en Bolivia iba a apoyarlo? Pensé, en este país a nadie le importa nada, no existe la justicia sin dinero. Busqué un microchip en sus muñecas y cuello, sabía que la ONU nunca los había aprobado, al final con el teléfono, las tarjetas y el pasaporte qué más necesitan. Pero no creo en los gringos (aún llevando el apodo de gringo) así que lo revisé. Estaba limpio.
— Te dejo con vida Robert… con “mi vida”.—
Le meto en la boca una pastilla más, la que en la caja de metal lleva el ícono: “zzz” y se la traga. En ese momento espero que no muera de intoxicación.
Antes de salir le lanzo la pistola sobre la cama.
— Devuélvela al cajón de la mesa de noche del viejo.— Espero que me entienda.
Nuestros rostros gemelos se encuentran, nos observamos en silencio cómo la primera vez, pero ahora nos conocemos y es terrible. sus ojos son tan claros que me veo reflejado en ellos. Quizás nunca olvidaré esa escena, mi cara en sus ojos, espejo de mí mismo. Copia de la copia al infinito. La cadena del ADN convertida en algo frívolo y sintético.
Ahora el proyecto de Tesla en Bolivia ha sido reemplazado por el asombroso descubrimiento de bio-lith, litio sintético coreano a mitad de precio del natural, de bajo impacto ambiental, galardonado con ISOS y elaborado con tecnología de punta.
Durante mi cuarentena estudié otras vías para nuestras baterías y me felicitaron por haber, más que mirado fuera de la caja, haberla roto.
En mi trabajo dicen que he vuelto con la claridad y entusiasmo que tenía en mis primeros años y están muy felices, si bien se murmura que los ojos negros me dan una mirada “distinta”, como más ruda. Se acostumbraron rápidamente.
La novia de Robert, Nina, su/mi Nina dice que mi viaje a Bolivia es lo mejor que me ha pasado, a mí y a nuestra relación. Mi nuevo apodo en la intimidad es “Savage”. Ella lo atribuye al hecho de que ya no tomo las pastillas antes de ir a la cama y yo asiento, les digo que sí a todos, que lo que piensan de mi es correcto. Y vivo mi vida como el auténtico Robert [Robert].
Me detuve y el Magik Writer dejó de narrar. Lo lancé al piso y empecé a saltar sobre él hasta dejarlo hecho pedazos.

Increíble me encantó, impecable, me gusta.
Seguiré leyendo, saludos.
Me gustaMe gusta
Gracias Marcos!! 🙏aprecio mucho tu comentario!
Me gustaMe gusta