Luna llena en Aries

En cuanto abrí las puertas de cristal de la ducha noté que algo raro se apoderaba de mí: la sensación de estar ahí, pero no estar presente. Era la mañana del primer día de luna llena en Aries.

Dejé correr el agua y me quedé embelesada observando la caída de aquel potente chorro, el vapor formándose alrededor de la cascada y mis ojos viendo más allá, a un nivel casi molecular. Un brillo plateado capturaba mi atención al punto de que si alguien me hubiese estado filmando hubiera visto una persona desnuda mirando un chorro de agua como si estuviese en trance. Y es que eso es exactamente lo que sentía, el agua me estaba hipnotizando. Cerré los ojos por un momento y al abrirlos ya no estaba en mi ducha, seguía viendo un chorro de agua, pero no las paredes de mi departamento en JBR, me encontraba en un lugar oscuro, definitivamente estaba al aire libre y era de noche, el chorro de agua era menos potente e incandescente, tuve un escalofrío, el suelo era blando y olía a tierra.  

—¿Dónde estoy?

Me entró el pánico, intenté enfocar para ver a mi alrededor, me alejé de aquel líquido, estaba en una especie de desierto, pude reconocer el tipo de arena entre mis dedos, definitivamente era el desierto. Miré al cielo para buscar luz, la luna llena brillaba sola y magnánima en el manto negro de la noche. Respiré profundo, ver la luna llena en Aries me dio una calma aparente. Caminé hacia ella, como si pudiera seguirla, dando pasos inseguros al principio y más decididos después. ¿Hacia dónde iba? Ni puta idea.

Mis ojos se acostumbraron a la falta de luz, pero el panorama seguía árido, siempre suave arena, siempre un pseudosendero plano. 

Estaba desnuda y mojada, pero no sentía frío, era uno de los últimos días de verano árabe, quizás hacían unos 27 ºC. Caminé un par de minutos y, cuando la curiosidad pasó, la desesperación se apoderó de mí. Sin embargo, cual si hubiese manifestado que algo ocurriese, en ese momento vi un animal que se acercaba a mí: un camello plateado, ¿por qué tenía luz y brillo? No lo sé, pero venía hacia mí como una estrella fugaz, corriendo a toda velocidad. Se detuvo frente a mí en seco, me llegó un golpe de aire e inclinó la cabeza con tanta nobleza que me parecía estar frente a un animal mágico, su pelaje radiante y su enorme tamaño sin duda lo hacían especial.

Entendí que el camello quería que lo montara. ¡Mierda! y yo desnuda, no tenía otra opción, trepé por su hocico como su semblante me lo indicaba y me deslicé hasta el espacio entre sus jorobas, olvidándome del incómodo contacto de mi zona íntima con su pelaje. En ese momento enderezó su cuerpo, sentí que me elevé unos tres metros de la arena, me sujeté fuerte a su cuello y empezó a marchar, su luz iluminaba también mi visión, pero no podía reconocer nada más que el desierto. 

Estuve en su montura por lo menos diez minutos, siempre con ese paisaje de arena y dunas y la luna mirándome, nosotros marchando a ella, como si eso se pudiera hacer realmente. 

Algo cambió, sentí que empezamos a ascender de alguna forma, poco a poco “trepamos” una montaña de arena, la subimos hasta la punta y luego nos deslizamos, durante la bajada pude ver otra luz, irradiaba muy fuerte a lo lejos, dando vida a distintas siluetas, algo ardía, en llamas plateadas, del mismo color que el camello, y la luna, su consistencia era distinta a la del fuego, relampagueaba.

Las siluetas parecían personas, todas vestían una túnica larga que les cubría el cuerpo, la túnica también era plateada y la completaba una capucha en la cabeza, no podía reconocer si eran hombres o mujeres o si realmente esas siluetas eran humanas. 

Nos acercamos a la extraña fogata con paso firme, me daba vergüenza porque estaba desnuda, pero más fuerte era mi miedo e intriga. El camello bajó la cabeza para que yo deslizara por ella, como lo hice al montarlo, por más de que quise resistirme tuve que bajar de él. En ese lenguaje sin palabras animal-humano sentí cómo el dromedario me ordenaba descender y afrontar mi destino.

Me quedé de pie frente a las llamas, los encapuchados eran doce, me rodearon en una media luna de modo que mi espalda daba al calor de esos extraños relámpagos y todos ellos estaban  frente a mí y a mis lados. 

Tras unos segundos de silencio, esas presencias aterradoras empezaron un cántico en un idioma que sonaba como árabe, pero no lo era. Se escuchaba más gutural y arcaico. Empecé a temblar, los encapuchados rompieron la media luna y se posicionaron de una forma bien calculada: tres de ellos se alejaron unos ocho metros de mí, otros tres más juntos se posicionaron a unos seis metros, un par delante de ellos se ubicó a cuatro metros de mí, dejando un espacio entre medio, de los últimos tres, uno se paró justo frente mio y dos a mis costados, cubriendo mi costado izquierdo y derecho, en la misma distancia.

Me sentía como la punta de un puzzle geométrico, hecho a la perfección. 

El cántico era constante y se hacía más intenso y grave, las llamas me calentaban tanto que mi espalda sudaba, el líquido no tardó en llegar a otros lados de mi cuerpo. 

— Dios, ¿qué es esto?—

El crescendo del cántico llegó a su límite, el encapuchado frente a mí, gritó, pegó un rugido que podría haber sido el de un hombre, una mujer o un animal, yo grité por reflejo y miedo, al instante chillaron todos y se bajaron las capuchas, no tenían rostros, en su lugar enseñaron una masa negra con interferencias plateadas, con un brillo como el del agua de mi ducha. Los doce seres volaron hacia mí, y de un potente golpe me empujaron a las llamas.

Abrí los ojos gritando, toda la habitación del baño estaba llena de vapor, el agua ardía, aullé con voz ronca, como si los doce encapuchados gritaran conmigo. Mi novio entró al baño.

 —¿Qué sucede?

Cuando logré tranquilizarme me abalancé a él, toqué mi cuerpo, me apoyé en el lavamanos, me dio una toalla, me envolví en ella y, temblando, me empecé a secar. 

—¿Te has bañado sin quitar el filtro?— me preguntó Hakim sin dar mucho peso a mi descomposición.

—¿Filtro? ¿De qué estás hablando? 

Te lo conté anoche, ayer en el mall, compré un filtro que se conecta al Metaverso a través del agua, puedes programar el tipo de experiencia que quieras y transportarte, el agua se usa como médium, cuesta veinte mil dirhams Habibi, es increíble, tiene aventuras programadas y otras se pueden nivelar a tu subconsciente, el chico ese de Meta dice que podemos tener sueños reales, entrar en fase REM y regenerar tu organismo mientras te duchas… 

La voz de Hakim se fue perdiendo y el olor del desierto me envolvió de nuevo.

…Habibi ¡es que cuando te hablo de tecnología nunca me escuchas! 

—Vete a la mierda, Hakim, y quema ese filtro —repliqué indignada.

 Esta noche, junto conmigo, doce encapuchados verían la luna llena en Aries desde mi balcón. 

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