¿AI, VR or LI-FE?

Flotaba en un líquido oscuro con destellos plateados, denso como mercurio en agua. 

Sentía que algo me vigilaba, yo fingía estar muerta, podía verme desde arriba, sobresaliendo mi rostro del agua, con los ojos y los labios hinchados. “No te muevas, DEBES estar muerta”           —¡¡Leia!! — Escuché llamar mi nombre con mi propia voz, gire hacia el sonido y desperté. Me encontraba empapada en sudor, aún era de noche. Una rendija de luz azul entraba por la ventana, la luz de la ciudad. 

Intenté conciliar de nuevo el sueño, pero no pude. Tenía bastante trabajo atrasado, en mi mesa de noche reposaba mi masiva laptop, súper delgada de gran pantalla y un vaporizador de fresas silvestres con crema, mi mano fue directo al vape en una reacción automática, aspiré de él, el humo empezó a acumularse en la habitación y a formar destellos plateados con los hilos de luz. 

Encendí mi laptop y de inmediato fui saludada por Luke, mi asistente virtual ideal de GPWT – Work Transformation.

Luke es prácticamente toda mi habilidad laboral, ha aprendido y aprende aún de mí, todo lo que puede ser útil para mi trabajo. Piensa como yo, resuelve problemas, calcula, habla, escribe y por supuesto, lo hace con un rendimiento hasta tres veces más rápido y eficaz que yo. 

Después de las primeras entrevistas que tuve con el AI Work Center, se me destinó un robot hombre, porque al parecer mi enfoque de trabajo es masculino. Por mí está bien, creo en la eficacia de la inteligencia artificial al mil por cien. Tanto así que le he entregado mi vida. 

Mi vida porque en este sistema capitalistico americano, mi vida se reduce a mi carrera.

Cuando no estoy “alimentando” “dirigiendo” “supervisando” a Luke, uso mis VR I-lenses en el otro lado del mundo. Me entretengo, recorro montañas y paisajes sin que me falte el aire. Me voy a playas de ensueño, libres de bullicio y tráfico, lugares idílicos existiendo solo para mí, a coste cero, conozco personas atractivas con las que tener conversaciones y vivencias increíbles, personas que encajan a la perfección conmigo porque están programadas para eso. Seduzco, admiro, recibo, descargo.

La vida virtual es maravillosa, pero la serotonina no dura demasiado. 

Siempre queremos más, los humanos estamos malditamente jodidos por eso: la insatisfacción. 

Los AI también son, de alguna manera, insaciables; Luke es una esponja tan grande cuanto el universo, busca recibir más y más información, sin embargo, siempre está feliz, sonríe el 90% del tiempo desde mi pantalla, con esa cara amigable, confortable, un poco idiota, que se ha personalizado exclusivamente para mí. 

Quito el lápiz digital que está pegado a mi pantalla, “punta: AI, base: VR” lo lanzo al aire para decidir si termino los pendientes o si me sumerjo a 30 metros bajo el nivel del mar sin necesidad de un tanque de aire o despresurización, pero mientras veo girar el lápiz, su imagen se desvanece. Por un momento creo que no veo tan bien por la falta de luz, pero me doy cuenta que es otra cosa, estoy paralizada, me entra un frío que hiela los huesos, temo. Escucho mi propia voz: “No te muevas, DEBES estar muerta”. Como si mis ojos fueran una cámara, se desplaza la imagen de mis piernas tapadas por una que me muestra a mí misma, me veo desde arriba, las mantas de mi cama me cubren entera, como si tragaran mi cuerpo, la oscuridad me envuelve, dejando vislumbrar mi rostro, solo mis ojos y labios hinchados. Escucho caer el vaporizador al suelo, pero no puedo girarme. 

Siento líquido por todas partes, me doy cuenta que es mi propio sudor mezclado con mis lágrimas. —Leia, Leia, Leia— Pienso, en el intento de invocar mi nombre repetidas veces sin poder pronunciarlo.

Luke me mira desde el ordenador consternado. No sé cuánto tiempo pasa hasta que su (mi) lógica lo hace actuar fuera del mundo laboral: “¡¡Leia!!” me llama. Finalmente puedo levantar el torso. —¡Luke! — grito desesperada. Quiero abrazarlo por más extraño que suene. Le doy un beso a la pantalla. Salto de la cama, me calzo los zapatos, en mi atolondramiento piso el vape y lo rompo. Necesito salir a recibir el verdadero amanecer en LA, rodeada de locos y yonquis que no tienen trabajo y que no pueden pagarse unas gafas de realidad virtual.

Una ciudad sucia y contaminada pero la única opción donde vivir es real. 

El sol se deja ver, el cielo siempre está ahi, después de muchísimo tiempo siento una sensación humana, estoy agradecida. 

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