Jordi había roto la relación con Anna el primer día de cuarentena.
–Soy yo el problema, no me siento bien contigo. –Se dio cuenta de la cagada que había dicho y rectificó –. O sea, conmigo mismo y necesito tiempo para entenderme.
Y los sueños de un encierro idílico en pareja desaparecieron para Anna. Puto cabrón, pensó.
La pasó muy mal, despertaba todas las mañanas antes del sol llorando desconsoladamente, se acercaba a la nevera hasta diez veces al día y comía a todas horas.
Pasaba mucho tiempo despierta y eso hacía que tuviera más hambre, una noche sus dedos haciendo scroll en Instagram se toparon con una nefasta imagen, una foto de Jordi sonriente y muy guapo, el maldito.
Su hambre era insaciable, sentía un vacío inmenso. Vio la foto una y otra vez y emprendió un ejercicio mental: decidió comerse cada parte de Jordi. Empezó con esa foto y siguió con todas las del feed. Su barriga se fue hinchando por la cantidad de Jordi que comía; finalmente, una vez saciada, durmió plácidamente como un león con la panza llena.
Al día siguiente recibió una llamada de él.
–Creo que me he contagiado de coronavirus. Me haces falta.

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