DÉCADENCE COVID-19

Era un día donde, de verdad, nada especial me podía pasar, era el segundo día de cuarentena obligada por el Coronavirus.

No se puede salir a la calle más que a comprar alimentos, remedios, ir al hospital, etc. Solo de uno en uno, evitando el contacto directo con todas las personas.

Desperté en un estado de hiperactividad notable, risa tonta y movimientos bruscos, era necesario que mi campo visual experimentase más apertura y sensación de libertad, las cuatro paredes de «casa» estaban empezando a apretar.

Me calcé los zapatos, y saqué el bolso con el tabaco y la maría.

Caminé hacia el parque, hasta llegar a mi banco preferido, pasé delante de un vagabundo que dormía, ningún policía. Una vez sentada, la única persona que estaba en el mismo espacio que yo era un abuelo que leía el periódico, pero a muchos metros de distancia. Muchos más de los que establece el virus.

Hice un porro, fumé, observé las palomas y los árboles de florecillas violetas, las columnas que recuerdan jardines romanos, de nuevo las ratas aladas, el cielo y nada más.

-Solo yo y las palomas. (Y el viejo lejos.)

Pensé.

Y en ese momento todas las palomas del parque volaron hacia mí, como si las hubiera invocado, verlas aletear sobre mi cabeza me puso muy nerviosa. No me agradan las palomas, me dan miedo.

Culpa de Hitchcock, o qué se yo, el punto es que nunca en mi vida había estado o pasado en medio de un grupo de palomas, cuando todas empiezan a aletear saltando y volando sobre tu cabeza.

He visto mucha gente atravesar la plaza en medio de decenas de palomas y estar tranquilas, yo soy de las que cruza de lado, prefiero alargar el camino que pasar en medio de las palomas, siempre.

Menos esta vez, que ellas vinieron a mi, y visto que éramos las únicas habitantes de este momento pensé:

No te muevas, quédate tranquila, deja que todas pasen por tu cabeza y a tu lado, si no vives, si no experimentas el miedo, nunca pasará.

Estuve por levantarme y salir de ahí y sin embargo me quedé, las palomas revolotearon encima mío, no pasó nada, se asentaron, caminaron y lentamente me dejaron sola de nuevo.

Acababa de vencer mi miedo a las palomas, quién sabe qué miedo infundado el mío, qué ridículo pensar que algo malo podía pasarme porque esos pajarracos feos me volasen cerca.

Me dieron ganas de reír, por mí tontería, por el porro, por ambos.

Di las últimas caladas y tiré la colilla.

Hacía un ligero frío pero el sol pegaba.

Hay algo de esperanza aún.

Llegué a casa, cociné pasta con una salsa ya hecha, sin esfuerzo, bebí una copa de vino. Hice una siesta, nada podía ir mejor, hasta que desperté con tos, dolor en la garganta, dificultad para tragar. No me sentía bien.

Visualicé en mi memoria la imagen de las palomas, recordé que, cuando empezaban a irse, una de ellas se quedó frente mío, tenía solo una cosa extraña, a parte del hecho de que parecía que mantenía su mirada de psicópata en la mía, se la veía más pálida, como si todos sus colores hubieran bajado de intensidad con un filtro gris.

Fue la última en irse siempre mirándome a los ojos y moviendo su cuello y cabeza de forma extraña.

Por la noche tuve fiebre. Si el Coronavirus se propaga también a través de las palomas, como lo hizo La Peste del medioevo con las ratas, estamos perdidos. Bye bye humanidad digital, o prepárense para vivir desde casa en streaming.

¿Es esta otra oscura época que debe supurar su veneno?

El día tres de cuarentena nos dará más noticia. Yo llamaré una ambulancia.

Una cosa es segura, Hitchcock hubiera hecho una gran película de terror con este virus.

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