Croan y croan y vuelven a croar

Este año, Teo pidió vacaciones para visitar a su padre en las fiestas de Navidad, no lo veía hace dos años, había estado tan ocupado con el trabajo y el día a día que apenas encontraba tiempo para sí, a pesar del gasto físico y mental que realizaba no conseguía dormir bien, siempre le faltaba sueño.

Tomó un avión y alquiló un coche para llegar donde vivía su papá, era una pequeña casa de estilo rústico, en medio de un bosque, por los Apeninos Emilianos Toscanos, con un río cerca y una variedad de frutas y verduras de temporada.

Pasaron una agradable Noche Buena, su relación era fuerte a pesar de la distancia, conversaron íntimamente hasta las tres de la mañana mientras bebían un vino de viñedo a placer y escuchaban diferentes discos de Pink Floyd. Compraron la cena en el pueblo más cercano, hecha por una mujer que vendía comida casera.

Con la cantidad de vino adecuada, el padre de Teo recordaba sus aventuras y viajes en los años 70′, esa noche le contó, entre otras, una anécdota en Afganistán:

– Un hombre alto y muy ágil nos interceptó en la calle, estaba colgado de una enredadera. “I was waiting for you” dijo y nos ofreció llevarnos a una casa de opio, así de punto en blanco, aceptamos.

Fumé opio por primera vez. Cuando salí de ahí tuve que ir directo a mi hostal, necesitaba una cama, me recosté y soñé, por mucho tiempo, los sueños eran increíbles, muy reales, con personajes que conocía y otros que no, hasta podía tocarlos, me desperté con la palma de la mano sobre la espalda de un amigo de infancia, y pude sentir su calor. Nunca había probado algo así, volví a caer dormido, desperté y volví a dormir varias veces hasta que amaneció.

– Que trip pa.

Teo no había probado opio y tampoco consumía drogas, pero no las juzgaba. Era un tipo que analizaba todo y que le costaba desprenderse de la realidad.

Había empezado a llover, primero suave hasta convertirse en una buena caída de agua, el padre de Teo le contó otras historias de sus viajes, vans, caravanas, alucinógenos y el Oriente, hablaron de Teo, de su trabajo, de su novia, o mejor dicho reciente ex novia, del pueblo y la ciudad, la familia, la salud y el dinero.

Se fueron a dormir y la lluvia continuó toda la noche, sin parar.

El día siguiente, Navidad, lo pasaron juntos en casa, conversando, escuchando música, cocinando, leyendo, abrieron regalos, una camisa y una boina, Homo Deus y El Tao de la Física.

No paró de llover, ni un segundo y las ranas empezaron a croar sin cesar, croaban y croaban a un ritmo constante.

Salir de casa significaba meter los pies en hoyos de barro y empaparse.

Era el clima ideal para dormir y el sueño se hacía sentir.

Teo se puso una película y durmió exactamente cuanto duró, no recordaba nada de ella pero sí de sus sueños. Que cosa más extraña para él soñar y dormir, le pareció algo positivo, estaba reposando, recuperando horas de sueño perdidas.

Esa noche durmió a pierna suelta, se despertó tarde, comió y se volvió a dormir. Lo extraño fue que en la siesta retomó el sueño anterior, todo era muy claro, su ropa, el lugar, las personas que hacían parte. Incluso podía sentirlas de alguna manera, como una presencia, como si tuvieran un tono y calor.

Las ranas seguían croando y la lluvia seguía cayendo. Podía escucharlas hasta con ventanas y puertas cerradas.

Durmió la noche entera también soñando, sus sueños eran relajados, no pasaba gran cosa, pero era feliz, a la mañana siguiente mientras tomaba su café con leche y miraba hacia dónde daba el río, se preguntó:

– ¿Qué tal si toda esta cantidad de ranas produce una sustancia similar al opio que nos afecta el sueño? Hay ranas alucinógenas… ¿por qué no opiáceas?

Al final, sus sueños se asemejaban a los de la historia del opio de su padre, sentía que estaba viviendo ese mismo tipo de sensaciones y experiencias oníricas.

No sonaba tan descabellado, tenía otra vez ganas de dormir pero se contuvo, decidió observar a su padre para ver si también estaba afectado por las ranas. Lo encontró en el sillón con un libro en las manos, durmiendo.

Se sentó a su lado, no tuvo mas que apoyar su espalda para caer dormido, mientras la lluvia y el sonido de las ranas continuaba.

Teo soñó que estaba en Londres saliendo de su departamento, pasó por el bar habitual, vio su reloj, extrañamente tenia tiempo para desayunar sentado, buscó una mesa a la que le diera el sol y se sentó, pidió un café con leche.

Justo en el momento en que se lo traían, entró su padre al bar.

Se saludaron con un abrazo, pidió al vuelo «el café de siempre» a la camarera y ella asintió sonriendo.

Se despertaron al mismo tiempo. Se miraron atónitos, parecía absurdo, ambos habían soñado eso y se sentía tan real, ese abrazo seguía cálido!

Pero su padre no tardó nada en quedarse dormido de nuevo.

Mientras más estaban expuestos a la sustancia de las ranas más entraban en el mundo de los sueños, no dejaba de llover y las ranas no paraban de croar.

– Vámonos de aquí. Dijo Teo.

Su padre había empezado a cabecear y se giró de medio cuerpo para retomar el sueño. No podían seguir ahí, durmiendo y soñando de esa manera.

Teo levantó a su padre y se lo cargó en la espalda, lo llevó por la puerta de atrás, era el lugar más cercano a donde había dejado su coche, salvo que, él había alquilado un Fiat 500 y tenía delante un Mazda Sedan.

-Mierda Teo, esto es un sueño. Se dijo.

Despertó, aunque solo por un momento, donde croaban aún las ranas.

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