69 matches en mi historial Tinder, curiosa cifra.
Javi, 35, barba, hipster, foto en San Francisco
![]()
Karolis, 30 aventurero, fotos en la playa, bajo el agua, en KL y NY
![]()
Maks, 31, periodista, foto como conductor de televisión, Barcelona, London, from Chile
![]()
Piero Enzo, 27, fotos de break dance, rostro curioso, brasilero italiano
![]()
Un vasto catálogo de personas.
Veo pasar al camarero rubio de ojos sonrientes, es alto y se mueve con armonía, me imagino una escena: cuando me trae la cuenta, le digo sonriendo
– Gracias, tienes una energía encantadora, ¿te apetecería quedar algún día?
El camarero me deja la orden en la mesa y yo con Tinder abierto. Le sonrío tímidamente y agradezco.
Cierro la app ¿Por qué será más fácil comunicar digitalmente? Estar en la web es casi como estar ligeramente borrachos, somos más alegres, amenos y divertidos. Hacemos cosas estúpidas, nos sacamos veinte versiones de una misma foto para subirla a redes ‘sociales’, conversamos encantados con gente que no conocemos. Dejando nuestros rastros con filtros para crear una identidad digital.
Por más que los chicos de la app correspondan al 88% mis gustos para un match, en base a la información que he brindado a Tinder, no me siento en vena para entablar conversaciones con ninguno, todas resultan iguales, como si siguieran el mismo guion.
Como tranquila, la carne rosa del salmón se abre como una flor cuando la corto. A medio plato busco un artículo que estaba leyendo en el teléfono y me encierro en una burbuja.
Termino, son las 13:00 debo coger las cosas para la cromoterapia en agua, bebo a fondo el té y voy a la caja, sigo viendo al camarero que está ocupado atendiendo. El de caja controla mi número de mesa y me cobra. El camarero y yo no cruzamos miradas, no comunicamos más, salgo del restaurante y me voy a casa.
En el camino pienso que un poco hemos convertido las relaciones humanas en algo enfermizo, de un extremo a otro las hemos vuelto frívolas, frías, ardientes, rápidas, los affaires de la sociedad líquida.
Llegando a casa, coloco mi malla en el bolsón, recojo de la nevera el zumo centrifugado con carbono y estoy lista.
El viaje al gym es veloz, las personas se mueven rápidamente, encapsuladas, solas en sus burbujas. Nos rozamos todo el tiempo, como si hubiéramos materializado nuestra zona de confort con un verdadero halo alrededor nuestro.
SIGUE LEYENDO, REALIZMA 1.7

Deja un comentario